20 nov. 2013

Los puertos medievales de las "Cuatro Villas de la Costa"

La base económica de las villas costeras de Cantabria durante los siglos XIII y XV fueron las distintas actividades marítimas: la pesca, la construcción naval y los intercambios comerciales (García Guinea, 1985: 484; Ortiz Real y Pérez Bustamante, 1986: 163). Por la importancia que estas actividades llegaron a tener, se explica que García de Salazar cuando narra el origen de los diferentes linajes de las villas de la costa, siempre los relacione con el mar, y en este contexto también se entiende la exigencia de la limpieza de sangre de los mareantes y navegantes de la cofradía de San Martín de Laredo (García Guinea, 1985: 490).
La pesca fue una actividad de gran trascendencia en la Edad Media de Cantabria (García Guinea, 1985: 498).  Desde bastante antes del siglo XII los pescadores de Cantabria pescaban a menudo sardina, merluza y ballena en aguas asturianas y gallegas (Fernández González, 2001: 396). La del besugo se hacía a cuatro o cinco leguas de la costa y se realizaba entre los meses que van desde diciembre a febrero (Ortiz Real y Pérez Bustamante, 1986: 163). Los pescadores, agrupados en cofradías de mareantes y hombres de la mar, recorrían la costa del Cantábrico, accedían a pescar en Bretaña, Francia e Irlanda, y los avances técnicos les permitieron llegar hasta la isla de Terranova, que se convirtió en destino habitual, en el norte de Canadá y junto a Groenlandia, en busca de bancos de bacalao, aprovechando la temporada que transcurría entre abril y agosto, y de la pesca de la ballena encontrándonos en el sello de Castro Urdiales escenas de esta actividad (Fernández González, 2001: 396; Fernández González, 2005: 314; García Guinea, 1985: 496 - 498; Ortiz Real y Pérez Bustamante, 1986: 166). Los medios más habituales y comunes para la conservación del pescado eran el salado, el secado, el ahumado y el escabechado (García Guinea, 1985: 498).
Hasta el siglo XV nos encontramos con una navegación de cabotaje, por lo que si se perdía la línea de costa, sería difícil volver a encontrarla y hay que destacar la gran importancia que los cabos tenían para un marinero medieval (Fernández González, 2001: 156 – 157 y 397). Hay que tener en cuenta que la pesca fue la principal actividad marítima que se desarrolló en el mar Cantábrico durante los primeros siglos medievales y que ésta se llevaba a cabo en pequeñas embarcaciones sin alejarse demasiado de la costa y que después fondeaban en la playa (Fernández González, 2001: 357).
La construcción naval era una actividad de gran arraigo en el litoral cántabro donde la morfología costera permitía encontrar fáciles abrigos para establecer un pequeño astillero. Las Cuatro Villas de la Costa poseían abundante madera (castaño, haya, roble y ciprés) en sus extensos bosques del litoral costero, hierro con numerosos yacimientos y ferrerías en sus alrededores, alfolíes para el hierro en las villas de la costa y mano de obra especializada en la dura convivencia diaria con la mar. La técnica de construcción y la tipología de los navíos cántabros y vizcaínos se insertaba dentro de la tradición del norte de Europa con un tipo de navío monoxilo, de origen escandinavo, que era un tronco de árbol vaciado, de silueta alargada y baja, que con el tiempo se transformó en una nave más redonda y alta, de mayor capacidad (García de Cortázar, 1988: 146; García Guinea, 1985: 500).
Desde el año 1396 se conoce ya la existencia de las Atarazanas de Santander que ya estaban en ruinas a comienzos del siglo XIV y fueron un lugar destinado a la construcción, reparación y custodia de las galeras y naos y también de pertrechos e instrumentos necesarios para navegar al fondo de la ría de Becedo. Su edificio principal constaba de cuatro naves que estaban formadas por arcos de sillería de medio punto, cortados por otros tres arcos de las mismas características formando así cuatro tramos en cada una de ellas, y apoyados en pilares que se asentaban directamente sobre el agua de la ría (Fernández González, 2001: 380 – 384; Fernández González, 2005: 313; García Guinea, 1985: 498 – 500).
El 4 de Mayo de 1296 surgió la Hermandad de las Marismas que fue una agrupación de los distintos puertos del Cantábrico que se encontraban bajo la Corona de Castilla para, mediante una acción conjunta, defender sus intereses, propiciar la actividad comercial y protegiese de las agresiones que sufrían por parte de flamencos, franceses e ingleses. Firmaron el acuerdo las villas de Santander, Laredo, Castro Urdiales, Bermeo, Guetaria, San Sebastián, Fuenterrabía y Vitoria. Con el paso del tiempo se sumaron otras muchas más villas que contasen con un puerto de cierta importancia. Tuvo como sede de reunión la villa de Castro Urdiales, que se convirtió por ello en la capital de la Hermandad de las Marismas y cuyo puerto durante el siglo XV vio relegada su antigua hegemonía por el auge de los puertos vizcaínos y guipuzcoanos. Aún así hubo a lo largo de toda la época medieval frecuentes disputas entre los puertos de Santander, Laredo y Castro Urdiales, por un lado, frente a los de Vizcaya y Guipúzcoa (Fernández González, 2001: 401; García Guinea, 1985: 492 – 493; Suárez Fernández et al., 1973: 136).
Un puerto era el lugar que ofrecía abrigo a las embarcaciones e infraestructuras para cargar y descargar mercancías. Al principio el puerto era sólo un pequeño fondeadero situado al lado de la playa que estuviese resguardada de los fuertes vientos o en una bahía. Las mejoras de estos puertos naturales empiezan al colocar postes de piedra o de madera y después la construcción de pequeños muelles convirtiéndose así en un puerto comercial que con el tiempo dejarán el arenal y aumentarán de tamaño. No debemos olvidar que las técnicas medievales y las condiciones orográficas y marítimas de la Costa Cantábrica no permitían acometer allí grandes obras de ingeniería (Fernández González, 2001: 357 – 361 y 407).
La villa de Santander cuenta con el mejor y mayor puerto natural existente en toda la Cornisa Cantábrica gracias a sus excepcionales condiciones geográficas. Se encuentra en la orilla norte de la bahía y ésta posee más de veinte kilómetros cuadrados de extensión y, además, contaba con una entrada de más de dos kilómetros de anchura que estaba orientada al nordeste. El puerto ocupaba toda la costa que limitaba con la villa y con el Arrabal de la Mar, en cuya playa, situada al sur de éste, encallarían, junto a la primera línea de casas, las embarcaciones de poco calado (Fernández González, 2001: 367 – 368; Fernández González, 2005: 310 – 313).
Desde época medieval el puerto de Santander ha sufrido reformas como la conversión en muelles de las orilla de la ría de Becedo. En 1542 se pretendió adecuar la zona de playa que se ubicaba delante del Arrabal de la Mar para convertirla en un gran muelle que midiese más de seiscientos cincuenta metros y facilitar así que grandes naves se acercasen a la costa y atracasen. A finales del siglo XIX Santander contaba con un puerto que tenía más de dos kilómetros lineales de muelles que contaban con un calado medio de entre cinco y diez metros y que poseía una superficie total de depósito que rondaba los sesenta y cinco mil metros cuadrados (Fernández González, 2001: 384 – 395).
La villa de San Vicente de la Barquera contó con dos muelles: uno situado a los pies del castillo, en la ría del Peral donde se han hallado fragmentos de cerámica correspondientes a época romana y medieval, y cuyas antiguas estructuras todavía son visibles cuando baja la marea; y el otro estaba situado en el arrabal de la Ribera (Solórzano Telechea, 2002: 267).
Por último, queremos resaltar la presencia de embarcaciones procedentes de Santander en los puertos flamencos (Brujas, Brabante e Ipres), franceses (Burdeos, La Rochela, Brest, Rouen…) e ingleses (Londres, Bristol, Southampton, Boston, Hull, Ipswich, Winchester y Stawford) que es casi constante a lo largo de todo el año aunque existe cierta preferencia por los meses de invierno cuando se solían llevar productos de lujo procedentes tanto de Andalucía como del reino de Granada. Estos viajes entre la costa sur de Inglaterra y la costa norte de Castilla duraban entre siete y diez días dependiendo del tiempo y del estado de la mar (Fernández González, 2001: 401 – 405; Fernández González, 2005: 316; Fossier, 1988: 370; Ladero Quesada, 1992: 780).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2001): Santander. Una ciudad medieval. Santander.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
FOSSIER, Robert (1988): La Edad Media: 3. El tiempo de la crisis, 1250 – 1520. Barcelona.
GARCÍA DE CORTÁZAR, José Ángel (1988): La época medieval. En Artola, Miguel (1988): Historia de España. Madrid, Volumen 2.
GARCÍA GUINEA, M. A. (dir.) (1985): Historia de Cantabria. Prehistoria, Edades Antigua y Media. Santander.
LADERO QUESADA, M. Á. (1992): Historia Universal. Edad Media. Barcelona, Volumen II, 2ª edición.
ORTIZ REAL, Javier y PÉREZ BUSTAMANTE, Rogelio (1986): Cantabria en la Baja Edad Media. Santander.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 292.
SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis; MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José; GARCÍA GUINEA, M. A.; GONZÁLEZ ECHEGARAY, Joaquín; ÁLAVA AGUIRRE, José Miguel de; CARRIÓN IRÁN, Manuel; SOLANA SAINZ, José María; MOURE ROMANILLO, Alfonso y PÉREZ – BUSTAMANTE GONZÁLEZ, R. (1973): La Edad Media en Cantabria. Santander.

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