18 nov. 2013

Urbanismo medieval de las "Cuatro Villas de la Costa"

El callejero medieval a menudo se caracterizaba por ser un laberinto de callejuelas estrechas y tortuosas, cuya anchura y dirección cambiaban cada varios metros. Además, sabemos que lo normal es que a la hora de pensar en una ciudad medieval nos imaginemos calles estrechas, retorcidas, empinadas y oscuras. En él nos encontramos con las calles principales que suelen ser la continuación natural de los grandes caminos que llegan hasta la villa, avanzando su trazado desde alguna de las puertas que nos encontramos en la muralla, y que rondan los cinco o seis metros de anchura aunque a veces llegan hasta los diez metros. Hay calles que rondan los dos, cuatro metros de ancho y, por último, están los callejones que se entienden como lugares oscuros, inseguros, sucios... que la mayoría de las veces no tienen salida y que no sobrepasan el metro y medio (Fernández González, 2001: 302 – 303; Fernández González, 2006b: 138).
Cuando se investiga la evolución del urbanismo de cualquier villa es importante analizar cómo los contemporáneos denominaban a sus calles observando así la construcción de nuevos edificios, la residencia de algún personaje en una calle o la fijación de ciertos oficios en un punto concreto. Ya a finales del siglo XII existe constancia de denominaciones de calles en la villa de Santander. En Santander nos encontramos calles que se refieren a monumentos, edificios o elementos notables que se localizan en dicha calle o en su entorno como, por ejemplo, San Francisco y Santa Clara; a oficios, profesiones y actividades económicas en su sentido general; la topografía del lugar o a su situación respecto a algún elemento notable y conocido por todos, destacando en general algunas de sus características físicas, como por ejemplo, Rúa Mayor, Rinconada, Calzadilla, Rúa Chiquilla, Fuera la Puerta, Puerta la Sierra, La Ribera, Somorrostro o La Llana; y, por último, cuya onomástica recuerda a individuos notables en el ámbito de la villa, como por ejemplo: Don Gutierre (Fernández González, 2001: 315).
En la franja cantábrica, donde las horas de sol eran y siguen siendo escasas, se preferían las calles rectas y relativamente amplias con cierto predominio de la orientación Este – Oeste, asegurándose así la mayor cantidad de horas de luz natural incidiendo en el interior de las viviendas, así también se protegían de los temidos vientos del norte y los más frecuentes del noroeste que traían consigo precipitaciones, y en un principio no era frecuente que diesen sensación de estrechez y oscuridad (Fernández González, 2001: 303 – 313; Fernández González, 2006b: 139; Izquierdo Benito, 2007: 100). Las villas de Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera se caracterizaban por poseer un trazado generalmente en damero donde se alineaban las casas sobre solares más o menos regulares, estando sus calles rodeados por una muralla y estando la iglesia parroquial en un lugar preeminente (García Guinea, 1985: 487; Martínez Martínez, 2006: 116). En el siglo XIV las villas empezaron a crecer extramuros y con un ritmo desigual entre la muralla y los espacios agrarios, surgiendo así los arrabales como el Arrabal del Mar en Santander (Arízaga, 1996: 78; García Guinea, 1985: 487; Solórzano Telechea, 2002: 266 - 270).
La Puebla Vieja de Santander se encontraba sobre el cerro de Somorrostro y se hallaba delimitada por un acantilado en el sur y por una zona llana que se había formado con la erosión de la ría de Becedo en el norte (Fernández González, 2001: 254). Allí encontramos calles de diferentes longitudes debido a su falta de planificación, destacando la Rúa Mayor que alcanzó una longitud total cercana a los ciento noventa metros (Fernández González, 2001: 307).
En 1198 la Puebla Nueva de Santander ya estaba delimitada y en un par de calles se habían construido algunas viviendas que también estaban en uso. La calle de la Ribera contaba con una longitud aproximada de ciento treinta – ciento cuarenta metros en línea recta, escasamente elevada sobre la línea de costa, con orientación Este – Oeste y era un lugar de entrada de abundantes mercancías procedentes del puerto marítimo y de viviendas habitadas por personas relacionado con actividades marítimas. A partir de mediados del siglo XV la calle de San Francisco, que adquirió su importancia debido a la fundación del monasterio franciscano en las afueras de la villa, de Santander recibe a menudo el nombre de calle de los Zapateros o de las Zapaterías. Su longitud total rondaba los ciento cuarenta metros, poseía viviendas a ambos lados y presentaba una apertura de sur a norte a la altura de las Atarazanas que se construirían a mediados del siglo XIV (Fernández González, 2001: 297) siendo ésta una callejuela que permitía el acceso hasta la ría. Sin embargo, la longitud total de la calle de los Hornos, llamada así por la presencia de varios hornos de pan, era inferior a los setenta metros, mientras que su anchura sólo permitiría el paso de una persona al rondar probablemente los setenta y cinco centímetros (Fernández González, 2001: 272 – 287; Fernández González, 2005: 304 – 306).
Durante la Edad Media el suelo de las calles solía ser de tierra y lodo, las casas se hacinaban unas junto a otras, y a éstas las personas solían tirar los escombros, las basuras, las aguas residuales y hasta los animales muertos, lo que hacía que por muchas de ellas apenas se pudiese transitar y se podían convertir en el caldo de cultivo de funestas epidemias (Fernández González, 2006b: 144; García de Guinea, 1991: 16; Izquierdo Benito, 2007: 101). Había posadas, tabernas, tiendas, talleres, iglesias… (Valdaliso, 2009: 62).
A través de las calles se solía organizar el sistema de alcantarillado para la evacuación de las aguas residuales que se generaban en las viviendas y así nos encontramos numerosas ordenanzas municipales que hablan de sistemas de conducción de aguas limpias, éstas se contaminaban al verse filtradas por los pozos negros, y sucias, de la construcción de pozos negros, su estudio nos aporta una información muy rica e interesante, y del mantenimiento de las calles (Izquierdo Benito, 2007: 101; Ruiz, 1991: 33). La presencia de la cercanía del mar, de un río... resultaba imprescindible a la hora de fijar el emplazamiento de una población y a menudo su localización se hacía teniendo en cuenta la existencia de fuentes sobre las que se pudiesen levantar pozos que facilitasen el abastecimiento de agua y para asegurar éste. Lo normal era la instalación de una fuente en la plaza principal de la villa, en alguna de las calles de más tránsito o junto a la puerta principal de acceso a la villa (Fernández González, 2006b: 151 -152).
Las ciudades medievales constaban de edificios de carácter público destinados a cumplir como baños que, junto a su función higiénica y terapeútica, propiciaba la existencia de relaciones eróticas que eran denunciadas por la Iglesia. Éstos favorecían la higiene corporal y la prevención y el tratamiento de diversas enfermedades, sin embargo, también se relacionaban con la prostitución, la violencia y los excesos (Cabanes, 2008: 26).
En general, las casas solían ser de madera (roble, avellano, fresno y haya), profundas y se componían de planta baja; un primer piso que recibía el nombre de sobrado y donde nos encontramos el dormitorio y la cocina donde estaba el fuego que servía para preparar los alimentos y para calentar las estancias; y un desván o buhardilla, además de un huerto o jardín traseros (Fernández González, 2006a: 313). En la planta baja nos encontramos con una puerta general de acceso relativamente grande, un pasillo que da paso a la huerta y una empinada escalera, en un lateral largo de la vivienda, por la que se accede al piso superior. El resto del espacio interno se aprovechaba para almacenar productos siendo éstos cañas, remos, velas y demás aparejos propios de la pesca cuando sus ocupantes eran pescadores, pero esta función de almacenamiento también la cumplía la buhardilla. Otra característica de las viviendas de los pescadores era la existencia de balcones en la fachada de los pisos superiores donde poder secar las redes y/o extenderlas cuando hubiese que arreglarlas, y éstas se colgaban con argollas (Fernández González, 2001: 438 – 447; Fernández González, 2005: 323 – 325).
La villa de Castro Urdiales poseía casas unifamiliares con estructura de piedra y madera, siendo los techos de madera y disponiendo seguramente de varias ventanas y de una o más balconadas de madera en sus fachadas. Éstas lindaban con callejuelas, viñas, parrales y huertas que se hallaban en el interior de la villa (Pérez Bustamante, 1980: 108 – 112). A partir de la segunda mitad del siglo XIV en la villa de Santander empezó a ser frecuente las casas con dos sobrados, cuyo uso se generalizó a lo largo de la centuria siguiente, y ya en el siglo XV habrá viviendas con tres sobrados e, incluso, más y, además, cada uno de ellos avanzó algunos centímetros hacia la calle haciendo que la oscuridad de ésta aumente debido a la existencia de estos voladizos (Fernández González, 2005: 325 – 326).
El espacio extramuros de las villas de Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera estaba conformado por los arrabales; las áreas de esparcimiento y diversión donde sus habitantes iban a pasear, montar a caballo...; las zonas dedicadas al cultivo (huertas, viñedos, manzanales, etcétera), al pasto del ganado de los vecinos, a la caza que normalmente se llevaba a cabo en los bosques de los alrededores y a la pesca (Izquierdo Benito, 2007: 105 – 108), de la que más adelante hablaremos. Allí encontramos casas aisladas de tipo rural al presentar en su interior, además de huertas, lagares, corrales, bodegas e instalaciones para producir sidra y vino y también para la cría de animales (Fernández González, 2001: 291).
En la segunda mitad del siglo XIV la villa de Santander alcanza su máximo desarrollo y esto provocó el desarrollo de dos grandes arrabales que concentrasen a toda aquella población que no tuviese cabida en el interior de la villa. Hacia el oeste y como una prolongación de la Rúa Mayor surgió, siguiendo el Camino de Burgos hacia la costa, ya en el siglo XIII, tras la construcción de la muralla, el Arrabal de Fuera la Puerta que estaba formado por una única calle que superaba los doscientos cincuenta metros de largo con viviendas a ambos lados y donde algunos de los miembros más destacados de la sociedad urbana levantaron allí sus torres de linaje y éstos compartieron el espacio con aquellos labradores que explotaban las tierras del entorno más próximo. Hacia el este nos encontramos con el Arrabal de la Mar que surgió en el siglo XV por el interés mostrado por algunos pescadores por establecer su residencia lo más cerca posible del lugar en el que se quedaban sus embarcaciones cuando estaban en tierra y destacaremos que el piso bajo de las viviendas de la calle de la Mar, establecida ya en el primer cuarto del siglo XIV y que rondaría entre los ciento diez y los ciento veinticinco metros de longitud, se usaba para guardar las redes y otros aparejos de pesca (Fernández González, 2001: 288 – 297; Fernández González, 2005: 308 – 310; Fernández González, 2006a: 311).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
ARÍZAGA, Beatriz (1996): “Villas: permanencias urbanas.” En GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. (ed.) (1996): La memoria histórica de Cantabria. Santander, pp. 71 – 82.
CABANES, Pilar (2008): “Los baños en la Edad Media: higiene y placer.” En Historia National Geographic, nº 55, pp. 26 – 30.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2001): Santander. Una ciudad medieval. Santander.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2006a): “El paisaje urbano de las cuatro villas al final de la época medieval.” En ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (eds.) (2006): El espacio urbano en la Europa medieval: Nájera. Encuentros Internacionales del Medievo, Nájera, 26 – 29 de julio de 2005. Logroño, pp. 297 – 338.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2006b): “La vida en las ruas medievales de las Cuatro Villas de la Costa”. En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 135 – 159.
GARCÍA DE GUINEA, Elena (1991): “Un día cualquiera, hace diez siglos.” En Muy especial. La Edad Media, nº 5, pp. 4 – 19.
GARCÍA GUINEA, M. A. (dir.) (1985): Historia de Cantabria. Prehistoria, Edades Antigua y Media. Santander.
IZQUIERDO BENITO, Ricardo (2007): “Arqueología de la ciudad medieval: principios metodológicos.” En MOLINA MOLINA, Ángel Luis y EIROA RODRÍGUEZ, Jorge A. (2007): Tendencias actuales en Arqueología Medieval. Murcia, pp. 91 – 108.
MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Sergio (2006): “La imagen de Laredo en la Edad Media.” En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 107 – 133.
RUIZ, Ana (1991): “El auge de las ciudades. ¡Qué viva la libertad!” En Muy especial. La Edad Media, nº 5, pp. 28 – 33.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 292.
VALDALISO, Covadonga (2009): “La Europa del Gótico: La era de las catedrales.” En Historia National Geographic, pp. 60 – 73.

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