29 nov. 2013

Conversar sobre libros

El domingo 1 de diciembre hará año y medio que abrí el blog y el martes 3 cumplirá 18 meses la primera entrada. Lo hice para compartir mis impresiones sobre los libros que voy leyendo, hablar sobre Literatura y compartir mi afición lectora, la cual he recuperado gracias a mi faceta como bloguera.
Mi yo bloguero ha conseguido que deje de ser sólo lectora de clásicos rusos e ingleses del siglo XIX y de leer sólo durante las vacaciones estivales. He recuperado la lectura de libros juveniles y he descubierto la novela policíaca, la romántica adulta, la erótica, la histórica y el chick-lit mientras que uno de los descubrimientos del 2014 será la landscape novel, ya que no creo que lo lea en 2013 porque Las bostonianas de Henry James me está aburriendo y me cuesta sacar tiempo para dedicarle a su lectura.
Gracias al blog y a mi presencia en las redes sociales (Twitter y Facebook principalmente) he descubierto editoriales españolas e italianas (aunque a muchas de las de Italia las he descubierto dedicando tiempo a curiosear las estanterías de las librerías de Padua), lo que hace que esté más o menos al tanto de las novedades literarias. También he descubierto títulos, autores y blogs (algunos más interesantes que otros).
Mi formación es de historiadora y arqueóloga medievalista, y de bibliotecaria desde junio de 2012. Digo esto porque lo último que estudié de Literatura fue para la Selectividad, la cual hice a mediados de junio de 2005. Siempre me ha gustado todo lo relacionado con la investigación literaria y el mundo editorial, un sector profesional bastante desconocido para mí pero que cada vez me atrae más.
Conversar en blogs y redes sociales sobre libros me llena mucho pero una conversación cara a cara me resulta aún más gratificante. La idea de esta entrada ha surgido hace un ratito tras haber charlado con un par de amigas sobre la fiabilidad de los fenómenos y/o premios literarios durante la pausa del café de media mañana (lunes 25 de noviembre). Me ha sorprendido descubrir que ninguna de las tres haya leído (ni tenga pensado hacerlo) best-sellers como Los juegos del hambre, Juego de Tronos y Cincuenta sombras de Grey, y que las tres hayamos oído hablar maravillas de ellas, sobre todo, de la última pero siempre se tratan de personas que apenas leen.
Otra conversación interesante sobre Literatura la tuve con una gran amiga del colegio el viernes por la tarde (22 de noviembre) y también mientras tomábamos un café. En este caso la charla se centró en los libros infantiles y juveniles que nos marcaron siendo niñas y que despertaron nuestras respectivas vocaciones: Magisterio en el de ella e Historia en el mío. Le comenté que me sorprende que si quiero leer en una novela sobre temas polémicos y actuales como el ciberacoso, la prostitución de chicas menores de edad, los embarazos no deseados en adolescentes, la privacidad en las redes sociales, el sexting, etcétera, lo encontraré con más facilidad en la Literatura Juvenil que en la adulta.
Otra persona con la que llevo más de una década hablando sobre libros es con mi mejor amigo. Nuestras conversaciones giran más sobre escritura que sobre lecturas. Hemos tenido charlas muy interesantes cara a cara pero también por Messenger, los chats de redes sociales como Tuenti y Facebook, whatsapp o por teléfono.
Me gustaría terminar esta entrada diciendo que tengo la suerte de que en mi entorno más cercano haya personas muy lectoras (amigos y familiares), otra cosa es que nuestras conversaciones sobre libros sean más o menos habituales. Ahora que se acerca la Navidad (y mi cumpleaños también está relativamente cerca) y hay que empezar a escribir la carta a los Reyes, en mi familia hablaremos sobre libros aunque sea para decir título, autor y editorial de aquellas novelas (o monografías porque alguna vez he pedido alguna sobre metodología arqueológica y este año creo que volveré locos a mis padres con alguna de las más recientes sobre vikingos que se hayan publicado en español) que nos gustaría que nos regalasen la mañana del 6 de enero de 2014.

27 nov. 2013

Bibliografía comentada sobre metodología arqueológica

FRANCOVICH, Riccardo y MANACORDA, Daniele (eds.) (2001): Diccionario de Arqueología: Temas, conceptos y métodos. Barcelona. Se trata de una obra colectiva escrita por arqueólogos italianos y publicada en Italia en el año 2000. Mari Carmen Llerena la ha traducido al español y la edición de la editorial Crítica ha sido revisada por María Ruiz del Árbol. Compré el libro en la Casa del Libro de Sevilla a principios diciembre de 2010 y yo había empezado el Máster Interuniversitario en Arqueología de las Universidades de Sevilla y Granada un mes antes. Está organizado como un diccionario enciclopédico y aquí sólo mencionaré aquellas entradas que estén relacionados con la metodología arqueológica. En la letra A encontramos las de Arqueometalurgia escrita por Vasco La Salvia; Arqueometría, por Gloria Olcese; y Arqueología de la Arquitectura, por Roberto Parenti pero en esta subdisciplina hay que tener en cuenta la tesis doctoral de Miguel Ángel Tabales Rodríguez donde se establece la metodología que se ha de seguir en los estudios paramentales. En la letra C nos encontramos con las de Clasificación y tipología redactada por Anna Maria Sestieri; Comunicación arqueológica, por Maurizio Forte, donde se nombran a las maquetas, reconstrucciones gráficas, reproducciones de monumentos antiguos a escala, el periodismo científico y de divulgación, la actividad didáctica para las escuelas, congresos. conferencias, imágenes digitales, animación gráfica, simulaciones, guías temáticas, SIG, bases de datos, museos virtuales, foros de debate, reconstrucciones tridimensionales…; y Conservación, por Bianca Fossà. En la letra D encontramos las de Método de Datación escrita por Gloria Olcese y donde se nombra, entre otros, el radiocarbono, la termoluminiscencia, el arqueomagnetismo o la dendrocronología; y Dibujo reconstructivo, por Maura Medri. En la letra E nos encontramos con las de Excavación arqueológica redactada por Enrico Zanini; Excavación, práctica y documentación, por Maura Medri; y, Arqueología Experimental. En la letra G encontramos la de Geoarqueología escrita por Giovanni Leonardi. En la letra M nos encontramos con la de Muestreo redactada por Nicola Terrenato. En la letra N encontramos la de Técnicas no destructivas escrita por Franco Cambi. En la letra P nos encontramos con las de Paleoantropología redactada por Francesco Mallegni; y Prospección arqueológica, por Franco Cambi. En la letra R encontramos las de Restauración de materiales escrita por Fernanda Cavari; y la de Restauración de monumentos y yacimientos, por Luigi Marino. En la letra S nos encontramos la de Arqueología subacuática redactada por Giuliano Volpe. En la letra T encontramos la de Teledetección escrita por Bruno Marcolongo. Entre el resto de arqueólogos italiano que han participado en esta publicación y que aún no he nombrado citaremos a Gian Pietro Brogiolo, Andrea Carandini, Armando De Guio, Sauro Gelichi y Cristina La Rocca. (Fuente: Elaboración propia).
ROSKAMS, Steve (2003): Teoría y práctica de la excavación. Barcelona. Este libro lo compré en el Museo Arqueológico Nacional a finales del mes de noviembre de 2006 cuando pasé un fin de semana cultural en Madrid. En 2001 lo publicó la Cambridge University Press. María Ruiz del Árbol lo ha traducido al español. En la introducción el autor nos informa de que esta monografía está dirigida a diversos tipos de lectores y que ha intentada dar respuestas prácticas a las preguntas frecuentes que surgen durante una excavación. El primer capítulo está centrado en presentar un estado de la cuestión sobre las técnicas de excavación y donde se nombren a importantes arqueólogos como fueron Pitt-Rivers (1827 – 1900), Wheeler, Kenyon, Barker o Harris (y su famosa matriz). El segundo capítulo es teórico. El tercer capítulo nos habla sobre qué debemos hacer antes de excavar: la fotografía aérea, la prospección, los sondeos, la documentación, la teledetección, la cartografía… Los capítulos cuarto y quinto están dedicados a los preparativos que se deben hacer para llevar a cabo una excavación arqueológica: presupuesto y financiación, búsqueda de personal, limpieza del yacimiento… El capítulo sexto es introductorio registro de excavación. El capítulo séptimo trata sobre el registro fotográfico donde se nos habla sobre las razones que un arqueólogo tiene para fotografiar (unidades estratigráficas, relaciones entre unidades, vistas generales del yacimiento, desarrollo y condiciones del trabajo, etcétera), cuáles son los preparativos y las técnicas donde nos cita el uso del flash en determinadas ocasiones, la fotogrametría y el uso del vídeo. El capítulo octavo está centrado en el registro espacial donde se nos dice cómo se debe de dibujar planos y perfiles, y cuáles son las técnicas de medición. El capítulo noveno habla sobre el registro estratigráfico. Los capítulos 10 y 11 están dedicados a la descripción: depósito, mampostería, ladrillos, maderas, restos óseos, cortes y grupos de hallazgos. El capítulo 12 está dedicado a cómo se excava una unidad estratigráfica y el 13, al análisis estratigráfico. (Fuente: Elaboración propia).
GARCÍA SANJUÁN, Leonardo (2005): Introducción al Reconocimiento y Análisis Arqueológico del Territorio. Barcelona. Se trata de la única monografía en español dedicada a la prospección arqueológica aunque en realidad es un manual universitario. El origen del libro está en los primeros años que su autor impartió la asignatura optativa Técnicas y Tendencias en Prehistoria que se ofertaba en la Universidad de Sevilla en la extinta Licenciatura en Historia. Me compré el libro (editado en febrero de 2005) nada más empezar la carrera a finales del mes de septiembre de 2005, ya que una de las primeras asignaturas que di fue la ya citada y también uno de los primeros exámenes que hice, que suspendí y que me quedó para septiembre, y ésa es una de las razones por la que está subrayado a lápiz y también tan manoseado (y las otras las sucesivas consultas que he hecho). Leonardo García Sanjuán me dio clase en tercero de carrera y la asignatura troncal del Máster Interuniversitario en Arqueología de las Universidades de Sevilla y Granada dedicada al análisis arqueológico del territorio también la impartía él en el curso 2010 – 2011. El libro está dividido en tres partes: la primera es una introducción al registro arqueológico definiendo, entre otras cosas, que es lo que se entiende por Arqueología; la segunda, al reconocimiento arqueológico del territorio hablando sobre la prospección de superficie, la fotografía aérea, la teledetección, la prospección geofísica, la relación entre la prospección y la cartografía, y, por último, los inventarios y las cartas arqueológicas; y la tercera y última, a las distintas tendencias teóricas que hay en torno al análisis e interpretación del territorio: Arqueología procesual, Arqueología posprocesual y la teoría de Centros y Periferias. (Fuente: Elaboración propia).

DOMINGO, Inés; BURKE, Heather y SMITH, Claire (2007): Manual de campo del arqueólogo. Barcelona. Compré este manual en la librería Cervantes de Oviedo en agosto de 2008 y en su interior encontraréis partes subrayadas a lápiz con la alternancia del gris, el azul y el rojo. Se trata de la edición española (que publicó la editorial Ariel en el mes de octubre de 2007) de un manual de metodología arqueológica (The Archaeologist’s Field Handbook) que llegó a las librerías australianas en 1994 y que fue escrito por las profesoras Heather Burke y Claire Smith pensando en los arqueólogos y estudiantes universitarios de Australia, de ahí que el lenguaje de este manual se caracterice por ser ameno, cercano y relajado, y por hacer uso del tú al tú. La traducción, reescritura y adaptación a la realidad de la arqueología española ha estado a cargo de la arqueóloga valenciana Inés Domingo que cuenta con experiencia en España y Australia. El primer capítulo está dedicado a los preparativos para llevar a cabo el trabajo de campo teniendo en cuenta cuáles serán el equipo y el botiquín básico; cómo se debe redactar un proyecto de investigación, buscar la financiación (Gobierno, empresa privada y/o fundaciones), realizar un archivo de la intervención que hagas o proteger tu equipo de trabajo; y cuál es la legislación existente en torno al Patrimonio Arqueológico a nivel nacional y autonómico. El segundo capítulo se dedica a  la cartografía; el tercero, a la búsqueda de yacimientos arqueológicos; el cuarto, a la planimetría; y el quinto, a las técnicas de excavación. El capítulo sexto se centra en la documentación que produce un yacimiento prehistórico (materiales dispersos en superficie, restos aislados, cuevas y abrigos, estructuras constructivas y alineaciones de piedras, concheros, lugares de enterramiento…); y el séptimo, a los conocidos como históricos y donde se incluyen, entre otros, la arqueología urbana, la industrial y la subacuática. El capítulo octavo trata sobre la gestión del Patrimonio Cultural. El capítulo noveno está centrado en la fotografía y el dibujo arqueológico; y el décimo y último, a la redacción y publicación de memorias científicas, informes, artículos para revistas científicas, páginas web, artículos periodísticos, etcétera prestando atención a lo importante que es saber escribir bien; que la redacción tiene diferentes fases: investigación, escritura del primer borrador, revisión y edición; dando recomendaciones para escribir artículos de divulgación, en revistas de arqueología, en una página web, un comunicado de prensa…; preparar conferencias o charlas haciendo hincapié en cómo preparar un powerpoint o como hablar en público; evitar los típicos errores como el uso de un lenguaje discriminatorio, separar ilustraciones y texto. (Fuente: Elaboración propia).

25 nov. 2013

Edición de una novela

El escritor contacta con una editorial a través de una carta de presentación de un máximo de 250 palabras y una propuesta editorial, ya que no se manda el manuscrito. En dicha propuesta debemos encontrar el título del libro, el nombre del autor, la sinopsis de la novela de no más de dos páginas, información relevante del escritor y del mercado (una página), uno o dos capítulos como muestra y que no superen las 15 - 20 páginas, y un par de párrafos para explicar cómo sería la promoción de la novela. Es obligatorio que el autor tenga un blog y esté en las redes sociales. Las editoriales suelen tardar unos tres meses en contestar aunque muchas no lo hacen.
Ediciones SM suele recibir unos mil manuscritos anónimos al año a través del correo electrónico y del postal siendo la vuelta de las vacaciones la época en las que le llegan más, unos 500 cuando se convocan los Premios “El Barco de Vapor” y “Gran Angular”, y a los que hay que sumar los de los autores ya conocidos. Suelen buscar los manuscritos en Ferias del Libro, en agencias literarias y en los mercados internacionales. Se leen todo lo que les llega y suelen tardar dos meses en leer, valorar y responder al autor. (Fuente: reportaje realizado por Óscar L. Mencía y Alba Úriz en junio de 2011 para El Tiramilla y publicado el 1 de septiembre de 2011).
Mientras la editorial Anaya suele recibir al mes unos cien manuscritos a través del correo electrónico y postal. Se leen todo lo que les mandan, siempre contestan e intentan animar al autor para que continúe escribiendo.
Las editoriales, que reciben a diario cientos de propuestas editoriales, no suelen establecer normas en lo relativo a cómo debe presentarse el manuscrito de una novela. Sin embargo, sería conveniente que estuviera escrito a ordenador y sin faltas de ortografía; impreso por una sola cara y a doble espacio; numeradas las páginas; encuadernado;  y en la cubierta debería aparecer el título de la obra y el nombre, la dirección (postal y de correo electrónico) y el teléfono del autor. (Fuente: Internet).
El editor se suele encargar de seleccionar los originales y apostar por ellos, de corregir el estilo de las novelas que ha decidido que se publicarán, de tratar con los autores y de buscar nuevos títulos acordes con la línea editorial. El editor tras echarle un vistazo al manuscrito, se lo entrega a un lector editorial  para que lo lea, valore su calidad literaria y posibilidades comerciales, y redacte un informe de lectura. (Fuente: Internet).
Durante el trabajo de edición de una novela debe haber muchas charlas con los autores para hablar sobre los entresijos de la novela, la corrección (con bolígrafo rojo) que se haga de ella y para revisar el texto editando así el contenido. En muchas ocasiones, el editor propone al escritor importantes cambios para que el manuscrito mejore. Suele haber una media de tres o cuatro meses entre el contrato de edición y el lanzamiento de la novela. (Fuente: https://www.facebook.com/pages/Francesco-Gungui/267806156589693?id=267806156589693&sk=photos_stream).
Cuando se edita una novela extranjera se deben de comprar sus derechos de autor, traducirla y trabajar a distancia con el autor a través del correo electrónico y haciendo uso de aplicaciones de videoconferencias como el Skype. (Fuente: Internet).

El editor elegirá la portada teniendo en cuenta la línea editorial y los criterios de marketing. El autor podrá hacer propuestas. (Fuente: https://www.facebook.com/Martin.Melin.Officiell/photos_stream). 

22 nov. 2013

Marketing literario

Imagen de la campaña publicitaria de la publicación de La sombra de la sirena en el Reino Unido, Australia y Canadá. La sexta novela de la saga policíaca protagonizada por Erica Falck y Patrik Hedström llegó a las librerías británicas, australianas y canadienses a principios del mes de junio de 2012 coincidiendo con una de las campañas especiales que suelen tener las editoriales anualmente: la del verano al tener más tiempo para leer siendo otra la de las Navidades con la excusa de regalar libros en Nochebuena, el día de Navidad y/o el día de Reyes. (Fuente: https://www.facebook.com/photo.php?fbid=419108111454197&set=a.202686846429659.47289.167879429910401&type=3&theater).
Dibujo como reclamo de una comida literaria para presentar la sexta novela de Emily Giffin, que se publicó en los Estados Unidos a finales del mes de julio de 2012. Este chick-lit se vendía como una lectura ligera, refrescante y muy apropiada para leer durante las vacaciones de verano. El dibujo representa a una mujer, a la que su larga cabellera rubia le oculta el rostro, en bañador y en una tumbona leyendo un ejemplar del libro que en aquellos días llegaba a todas las librerías estadounidenses. (Fuente: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10151067528641683.450013.272648986682&type=3).
Camilla Läckberg en Utrecht presentando, en compañía de la joven escritora neerlandesa de novela negra Marion Pauw, la octava entrega de la saga policíaca protagonizada por la escritora de biografías Erica Falck y el policía Patrik Hedström. La novela llegó a las librerías holandesas en junio de 2012 y se incluyó en la gira promocional que a principios de la época estival hizo Camilla Camilla Läckberg por Noruega, España y los Países Bajos. (Fuente: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.428328390532169.96991.167879429910401&type=3).
Camilla Läckberg firmando libros en una librería de Estocolmo la tarde del 19 de septiembre de 2011 durante la presentación de la edición limitada de su octava novela con motivo de su publicación en Suecia, del primer álbum ilustrado de “Super Charlie” y el segundo de los libros de cocina sueca del que es coautora. (Fuente: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.261996447165365.66166.167879429910401&type=3).
El departamento de Markéting de Ediciones SM se encarga de gestionar las tres páginas que tienen en Facebook (España: https://www.facebook.com/LiteraturaInfantilyJuvenilSM?fref=ts, Chile: https://www.facebook.com/edicionesSMChile?fref=ts y Argentina: https://www.facebook.com/edicionesSMArgentina?fref=ts), dos cuentas de Twitter (https://twitter.com/Literatura_SM y https://twitter.com/comunicacionsm), un canal de YouTube (http://www.youtube.com/GrupoSMvideos), la página web de la editorial (http://www.literaturasm.com/) y un blog. La editorial ofrece poder leer gratis el 60% de sus publicaciones directamente en Internet, en formato PDF y en el iPad. Mientras que el departamento de comunicación se encarga de los medios de comunicación (prensa escrita, programas de radio y televisión), los newsletters o boletines de novedades, las notas y dosieres de prensa (sólo con las novedades más destacadas), las convocatorias de ruedas de prensa o eventos (presentaciones y/o lanzamientos de libros, y encuentros con un autor), el contacto tú a tú, el envío de información, las entrevistas con autores y editoriales, las tendencias del sector editorial, la labor de revalorización de la Literatura Infantil y Juvenil, y la Web 2.0 (blogs y redes sociales: Facebook, Twitter…). (Fuente: reportaje realizado por Óscar L. Mencía y Alba Úriz en junio de 2011 para El Tiramilla y publicado el 1 de septiembre de 2011).
Los encuentros del escritor con el lector se hacen a través de visitas a los colegios, las cuales se suelen planificar con un año de antelación, si nos referimos a la Literatura Infantil y Juvenil, y que suelen ser encuentros muy divertidos con preguntas muy disparatadas hechas por los alumnos. El autor también se acerca al lector a través de las firmas en las librerías y en las Ferias del Libro, y de Internet (blogs, revistas electrónicas y redes sociales) y las nuevas tecnologías. (Fuente: https://www.facebook.com/edicionesSMChile/photos_stream).

20 nov. 2013

Los puertos medievales de las "Cuatro Villas de la Costa"

La base económica de las villas costeras de Cantabria durante los siglos XIII y XV fueron las distintas actividades marítimas: la pesca, la construcción naval y los intercambios comerciales (García Guinea, 1985: 484; Ortiz Real y Pérez Bustamante, 1986: 163). Por la importancia que estas actividades llegaron a tener, se explica que García de Salazar cuando narra el origen de los diferentes linajes de las villas de la costa, siempre los relacione con el mar, y en este contexto también se entiende la exigencia de la limpieza de sangre de los mareantes y navegantes de la cofradía de San Martín de Laredo (García Guinea, 1985: 490).
La pesca fue una actividad de gran trascendencia en la Edad Media de Cantabria (García Guinea, 1985: 498).  Desde bastante antes del siglo XII los pescadores de Cantabria pescaban a menudo sardina, merluza y ballena en aguas asturianas y gallegas (Fernández González, 2001: 396). La del besugo se hacía a cuatro o cinco leguas de la costa y se realizaba entre los meses que van desde diciembre a febrero (Ortiz Real y Pérez Bustamante, 1986: 163). Los pescadores, agrupados en cofradías de mareantes y hombres de la mar, recorrían la costa del Cantábrico, accedían a pescar en Bretaña, Francia e Irlanda, y los avances técnicos les permitieron llegar hasta la isla de Terranova, que se convirtió en destino habitual, en el norte de Canadá y junto a Groenlandia, en busca de bancos de bacalao, aprovechando la temporada que transcurría entre abril y agosto, y de la pesca de la ballena encontrándonos en el sello de Castro Urdiales escenas de esta actividad (Fernández González, 2001: 396; Fernández González, 2005: 314; García Guinea, 1985: 496 - 498; Ortiz Real y Pérez Bustamante, 1986: 166). Los medios más habituales y comunes para la conservación del pescado eran el salado, el secado, el ahumado y el escabechado (García Guinea, 1985: 498).
Hasta el siglo XV nos encontramos con una navegación de cabotaje, por lo que si se perdía la línea de costa, sería difícil volver a encontrarla y hay que destacar la gran importancia que los cabos tenían para un marinero medieval (Fernández González, 2001: 156 – 157 y 397). Hay que tener en cuenta que la pesca fue la principal actividad marítima que se desarrolló en el mar Cantábrico durante los primeros siglos medievales y que ésta se llevaba a cabo en pequeñas embarcaciones sin alejarse demasiado de la costa y que después fondeaban en la playa (Fernández González, 2001: 357).
La construcción naval era una actividad de gran arraigo en el litoral cántabro donde la morfología costera permitía encontrar fáciles abrigos para establecer un pequeño astillero. Las Cuatro Villas de la Costa poseían abundante madera (castaño, haya, roble y ciprés) en sus extensos bosques del litoral costero, hierro con numerosos yacimientos y ferrerías en sus alrededores, alfolíes para el hierro en las villas de la costa y mano de obra especializada en la dura convivencia diaria con la mar. La técnica de construcción y la tipología de los navíos cántabros y vizcaínos se insertaba dentro de la tradición del norte de Europa con un tipo de navío monoxilo, de origen escandinavo, que era un tronco de árbol vaciado, de silueta alargada y baja, que con el tiempo se transformó en una nave más redonda y alta, de mayor capacidad (García de Cortázar, 1988: 146; García Guinea, 1985: 500).
Desde el año 1396 se conoce ya la existencia de las Atarazanas de Santander que ya estaban en ruinas a comienzos del siglo XIV y fueron un lugar destinado a la construcción, reparación y custodia de las galeras y naos y también de pertrechos e instrumentos necesarios para navegar al fondo de la ría de Becedo. Su edificio principal constaba de cuatro naves que estaban formadas por arcos de sillería de medio punto, cortados por otros tres arcos de las mismas características formando así cuatro tramos en cada una de ellas, y apoyados en pilares que se asentaban directamente sobre el agua de la ría (Fernández González, 2001: 380 – 384; Fernández González, 2005: 313; García Guinea, 1985: 498 – 500).
El 4 de Mayo de 1296 surgió la Hermandad de las Marismas que fue una agrupación de los distintos puertos del Cantábrico que se encontraban bajo la Corona de Castilla para, mediante una acción conjunta, defender sus intereses, propiciar la actividad comercial y protegiese de las agresiones que sufrían por parte de flamencos, franceses e ingleses. Firmaron el acuerdo las villas de Santander, Laredo, Castro Urdiales, Bermeo, Guetaria, San Sebastián, Fuenterrabía y Vitoria. Con el paso del tiempo se sumaron otras muchas más villas que contasen con un puerto de cierta importancia. Tuvo como sede de reunión la villa de Castro Urdiales, que se convirtió por ello en la capital de la Hermandad de las Marismas y cuyo puerto durante el siglo XV vio relegada su antigua hegemonía por el auge de los puertos vizcaínos y guipuzcoanos. Aún así hubo a lo largo de toda la época medieval frecuentes disputas entre los puertos de Santander, Laredo y Castro Urdiales, por un lado, frente a los de Vizcaya y Guipúzcoa (Fernández González, 2001: 401; García Guinea, 1985: 492 – 493; Suárez Fernández et al., 1973: 136).
Un puerto era el lugar que ofrecía abrigo a las embarcaciones e infraestructuras para cargar y descargar mercancías. Al principio el puerto era sólo un pequeño fondeadero situado al lado de la playa que estuviese resguardada de los fuertes vientos o en una bahía. Las mejoras de estos puertos naturales empiezan al colocar postes de piedra o de madera y después la construcción de pequeños muelles convirtiéndose así en un puerto comercial que con el tiempo dejarán el arenal y aumentarán de tamaño. No debemos olvidar que las técnicas medievales y las condiciones orográficas y marítimas de la Costa Cantábrica no permitían acometer allí grandes obras de ingeniería (Fernández González, 2001: 357 – 361 y 407).
La villa de Santander cuenta con el mejor y mayor puerto natural existente en toda la Cornisa Cantábrica gracias a sus excepcionales condiciones geográficas. Se encuentra en la orilla norte de la bahía y ésta posee más de veinte kilómetros cuadrados de extensión y, además, contaba con una entrada de más de dos kilómetros de anchura que estaba orientada al nordeste. El puerto ocupaba toda la costa que limitaba con la villa y con el Arrabal de la Mar, en cuya playa, situada al sur de éste, encallarían, junto a la primera línea de casas, las embarcaciones de poco calado (Fernández González, 2001: 367 – 368; Fernández González, 2005: 310 – 313).
Desde época medieval el puerto de Santander ha sufrido reformas como la conversión en muelles de las orilla de la ría de Becedo. En 1542 se pretendió adecuar la zona de playa que se ubicaba delante del Arrabal de la Mar para convertirla en un gran muelle que midiese más de seiscientos cincuenta metros y facilitar así que grandes naves se acercasen a la costa y atracasen. A finales del siglo XIX Santander contaba con un puerto que tenía más de dos kilómetros lineales de muelles que contaban con un calado medio de entre cinco y diez metros y que poseía una superficie total de depósito que rondaba los sesenta y cinco mil metros cuadrados (Fernández González, 2001: 384 – 395).
La villa de San Vicente de la Barquera contó con dos muelles: uno situado a los pies del castillo, en la ría del Peral donde se han hallado fragmentos de cerámica correspondientes a época romana y medieval, y cuyas antiguas estructuras todavía son visibles cuando baja la marea; y el otro estaba situado en el arrabal de la Ribera (Solórzano Telechea, 2002: 267).
Por último, queremos resaltar la presencia de embarcaciones procedentes de Santander en los puertos flamencos (Brujas, Brabante e Ipres), franceses (Burdeos, La Rochela, Brest, Rouen…) e ingleses (Londres, Bristol, Southampton, Boston, Hull, Ipswich, Winchester y Stawford) que es casi constante a lo largo de todo el año aunque existe cierta preferencia por los meses de invierno cuando se solían llevar productos de lujo procedentes tanto de Andalucía como del reino de Granada. Estos viajes entre la costa sur de Inglaterra y la costa norte de Castilla duraban entre siete y diez días dependiendo del tiempo y del estado de la mar (Fernández González, 2001: 401 – 405; Fernández González, 2005: 316; Fossier, 1988: 370; Ladero Quesada, 1992: 780).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2001): Santander. Una ciudad medieval. Santander.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
FOSSIER, Robert (1988): La Edad Media: 3. El tiempo de la crisis, 1250 – 1520. Barcelona.
GARCÍA DE CORTÁZAR, José Ángel (1988): La época medieval. En Artola, Miguel (1988): Historia de España. Madrid, Volumen 2.
GARCÍA GUINEA, M. A. (dir.) (1985): Historia de Cantabria. Prehistoria, Edades Antigua y Media. Santander.
LADERO QUESADA, M. Á. (1992): Historia Universal. Edad Media. Barcelona, Volumen II, 2ª edición.
ORTIZ REAL, Javier y PÉREZ BUSTAMANTE, Rogelio (1986): Cantabria en la Baja Edad Media. Santander.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 292.
SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis; MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José; GARCÍA GUINEA, M. A.; GONZÁLEZ ECHEGARAY, Joaquín; ÁLAVA AGUIRRE, José Miguel de; CARRIÓN IRÁN, Manuel; SOLANA SAINZ, José María; MOURE ROMANILLO, Alfonso y PÉREZ – BUSTAMANTE GONZÁLEZ, R. (1973): La Edad Media en Cantabria. Santander.

18 nov. 2013

Urbanismo medieval de las "Cuatro Villas de la Costa"

El callejero medieval a menudo se caracterizaba por ser un laberinto de callejuelas estrechas y tortuosas, cuya anchura y dirección cambiaban cada varios metros. Además, sabemos que lo normal es que a la hora de pensar en una ciudad medieval nos imaginemos calles estrechas, retorcidas, empinadas y oscuras. En él nos encontramos con las calles principales que suelen ser la continuación natural de los grandes caminos que llegan hasta la villa, avanzando su trazado desde alguna de las puertas que nos encontramos en la muralla, y que rondan los cinco o seis metros de anchura aunque a veces llegan hasta los diez metros. Hay calles que rondan los dos, cuatro metros de ancho y, por último, están los callejones que se entienden como lugares oscuros, inseguros, sucios... que la mayoría de las veces no tienen salida y que no sobrepasan el metro y medio (Fernández González, 2001: 302 – 303; Fernández González, 2006b: 138).
Cuando se investiga la evolución del urbanismo de cualquier villa es importante analizar cómo los contemporáneos denominaban a sus calles observando así la construcción de nuevos edificios, la residencia de algún personaje en una calle o la fijación de ciertos oficios en un punto concreto. Ya a finales del siglo XII existe constancia de denominaciones de calles en la villa de Santander. En Santander nos encontramos calles que se refieren a monumentos, edificios o elementos notables que se localizan en dicha calle o en su entorno como, por ejemplo, San Francisco y Santa Clara; a oficios, profesiones y actividades económicas en su sentido general; la topografía del lugar o a su situación respecto a algún elemento notable y conocido por todos, destacando en general algunas de sus características físicas, como por ejemplo, Rúa Mayor, Rinconada, Calzadilla, Rúa Chiquilla, Fuera la Puerta, Puerta la Sierra, La Ribera, Somorrostro o La Llana; y, por último, cuya onomástica recuerda a individuos notables en el ámbito de la villa, como por ejemplo: Don Gutierre (Fernández González, 2001: 315).
En la franja cantábrica, donde las horas de sol eran y siguen siendo escasas, se preferían las calles rectas y relativamente amplias con cierto predominio de la orientación Este – Oeste, asegurándose así la mayor cantidad de horas de luz natural incidiendo en el interior de las viviendas, así también se protegían de los temidos vientos del norte y los más frecuentes del noroeste que traían consigo precipitaciones, y en un principio no era frecuente que diesen sensación de estrechez y oscuridad (Fernández González, 2001: 303 – 313; Fernández González, 2006b: 139; Izquierdo Benito, 2007: 100). Las villas de Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera se caracterizaban por poseer un trazado generalmente en damero donde se alineaban las casas sobre solares más o menos regulares, estando sus calles rodeados por una muralla y estando la iglesia parroquial en un lugar preeminente (García Guinea, 1985: 487; Martínez Martínez, 2006: 116). En el siglo XIV las villas empezaron a crecer extramuros y con un ritmo desigual entre la muralla y los espacios agrarios, surgiendo así los arrabales como el Arrabal del Mar en Santander (Arízaga, 1996: 78; García Guinea, 1985: 487; Solórzano Telechea, 2002: 266 - 270).
La Puebla Vieja de Santander se encontraba sobre el cerro de Somorrostro y se hallaba delimitada por un acantilado en el sur y por una zona llana que se había formado con la erosión de la ría de Becedo en el norte (Fernández González, 2001: 254). Allí encontramos calles de diferentes longitudes debido a su falta de planificación, destacando la Rúa Mayor que alcanzó una longitud total cercana a los ciento noventa metros (Fernández González, 2001: 307).
En 1198 la Puebla Nueva de Santander ya estaba delimitada y en un par de calles se habían construido algunas viviendas que también estaban en uso. La calle de la Ribera contaba con una longitud aproximada de ciento treinta – ciento cuarenta metros en línea recta, escasamente elevada sobre la línea de costa, con orientación Este – Oeste y era un lugar de entrada de abundantes mercancías procedentes del puerto marítimo y de viviendas habitadas por personas relacionado con actividades marítimas. A partir de mediados del siglo XV la calle de San Francisco, que adquirió su importancia debido a la fundación del monasterio franciscano en las afueras de la villa, de Santander recibe a menudo el nombre de calle de los Zapateros o de las Zapaterías. Su longitud total rondaba los ciento cuarenta metros, poseía viviendas a ambos lados y presentaba una apertura de sur a norte a la altura de las Atarazanas que se construirían a mediados del siglo XIV (Fernández González, 2001: 297) siendo ésta una callejuela que permitía el acceso hasta la ría. Sin embargo, la longitud total de la calle de los Hornos, llamada así por la presencia de varios hornos de pan, era inferior a los setenta metros, mientras que su anchura sólo permitiría el paso de una persona al rondar probablemente los setenta y cinco centímetros (Fernández González, 2001: 272 – 287; Fernández González, 2005: 304 – 306).
Durante la Edad Media el suelo de las calles solía ser de tierra y lodo, las casas se hacinaban unas junto a otras, y a éstas las personas solían tirar los escombros, las basuras, las aguas residuales y hasta los animales muertos, lo que hacía que por muchas de ellas apenas se pudiese transitar y se podían convertir en el caldo de cultivo de funestas epidemias (Fernández González, 2006b: 144; García de Guinea, 1991: 16; Izquierdo Benito, 2007: 101). Había posadas, tabernas, tiendas, talleres, iglesias… (Valdaliso, 2009: 62).
A través de las calles se solía organizar el sistema de alcantarillado para la evacuación de las aguas residuales que se generaban en las viviendas y así nos encontramos numerosas ordenanzas municipales que hablan de sistemas de conducción de aguas limpias, éstas se contaminaban al verse filtradas por los pozos negros, y sucias, de la construcción de pozos negros, su estudio nos aporta una información muy rica e interesante, y del mantenimiento de las calles (Izquierdo Benito, 2007: 101; Ruiz, 1991: 33). La presencia de la cercanía del mar, de un río... resultaba imprescindible a la hora de fijar el emplazamiento de una población y a menudo su localización se hacía teniendo en cuenta la existencia de fuentes sobre las que se pudiesen levantar pozos que facilitasen el abastecimiento de agua y para asegurar éste. Lo normal era la instalación de una fuente en la plaza principal de la villa, en alguna de las calles de más tránsito o junto a la puerta principal de acceso a la villa (Fernández González, 2006b: 151 -152).
Las ciudades medievales constaban de edificios de carácter público destinados a cumplir como baños que, junto a su función higiénica y terapeútica, propiciaba la existencia de relaciones eróticas que eran denunciadas por la Iglesia. Éstos favorecían la higiene corporal y la prevención y el tratamiento de diversas enfermedades, sin embargo, también se relacionaban con la prostitución, la violencia y los excesos (Cabanes, 2008: 26).
En general, las casas solían ser de madera (roble, avellano, fresno y haya), profundas y se componían de planta baja; un primer piso que recibía el nombre de sobrado y donde nos encontramos el dormitorio y la cocina donde estaba el fuego que servía para preparar los alimentos y para calentar las estancias; y un desván o buhardilla, además de un huerto o jardín traseros (Fernández González, 2006a: 313). En la planta baja nos encontramos con una puerta general de acceso relativamente grande, un pasillo que da paso a la huerta y una empinada escalera, en un lateral largo de la vivienda, por la que se accede al piso superior. El resto del espacio interno se aprovechaba para almacenar productos siendo éstos cañas, remos, velas y demás aparejos propios de la pesca cuando sus ocupantes eran pescadores, pero esta función de almacenamiento también la cumplía la buhardilla. Otra característica de las viviendas de los pescadores era la existencia de balcones en la fachada de los pisos superiores donde poder secar las redes y/o extenderlas cuando hubiese que arreglarlas, y éstas se colgaban con argollas (Fernández González, 2001: 438 – 447; Fernández González, 2005: 323 – 325).
La villa de Castro Urdiales poseía casas unifamiliares con estructura de piedra y madera, siendo los techos de madera y disponiendo seguramente de varias ventanas y de una o más balconadas de madera en sus fachadas. Éstas lindaban con callejuelas, viñas, parrales y huertas que se hallaban en el interior de la villa (Pérez Bustamante, 1980: 108 – 112). A partir de la segunda mitad del siglo XIV en la villa de Santander empezó a ser frecuente las casas con dos sobrados, cuyo uso se generalizó a lo largo de la centuria siguiente, y ya en el siglo XV habrá viviendas con tres sobrados e, incluso, más y, además, cada uno de ellos avanzó algunos centímetros hacia la calle haciendo que la oscuridad de ésta aumente debido a la existencia de estos voladizos (Fernández González, 2005: 325 – 326).
El espacio extramuros de las villas de Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera estaba conformado por los arrabales; las áreas de esparcimiento y diversión donde sus habitantes iban a pasear, montar a caballo...; las zonas dedicadas al cultivo (huertas, viñedos, manzanales, etcétera), al pasto del ganado de los vecinos, a la caza que normalmente se llevaba a cabo en los bosques de los alrededores y a la pesca (Izquierdo Benito, 2007: 105 – 108), de la que más adelante hablaremos. Allí encontramos casas aisladas de tipo rural al presentar en su interior, además de huertas, lagares, corrales, bodegas e instalaciones para producir sidra y vino y también para la cría de animales (Fernández González, 2001: 291).
En la segunda mitad del siglo XIV la villa de Santander alcanza su máximo desarrollo y esto provocó el desarrollo de dos grandes arrabales que concentrasen a toda aquella población que no tuviese cabida en el interior de la villa. Hacia el oeste y como una prolongación de la Rúa Mayor surgió, siguiendo el Camino de Burgos hacia la costa, ya en el siglo XIII, tras la construcción de la muralla, el Arrabal de Fuera la Puerta que estaba formado por una única calle que superaba los doscientos cincuenta metros de largo con viviendas a ambos lados y donde algunos de los miembros más destacados de la sociedad urbana levantaron allí sus torres de linaje y éstos compartieron el espacio con aquellos labradores que explotaban las tierras del entorno más próximo. Hacia el este nos encontramos con el Arrabal de la Mar que surgió en el siglo XV por el interés mostrado por algunos pescadores por establecer su residencia lo más cerca posible del lugar en el que se quedaban sus embarcaciones cuando estaban en tierra y destacaremos que el piso bajo de las viviendas de la calle de la Mar, establecida ya en el primer cuarto del siglo XIV y que rondaría entre los ciento diez y los ciento veinticinco metros de longitud, se usaba para guardar las redes y otros aparejos de pesca (Fernández González, 2001: 288 – 297; Fernández González, 2005: 308 – 310; Fernández González, 2006a: 311).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
ARÍZAGA, Beatriz (1996): “Villas: permanencias urbanas.” En GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. (ed.) (1996): La memoria histórica de Cantabria. Santander, pp. 71 – 82.
CABANES, Pilar (2008): “Los baños en la Edad Media: higiene y placer.” En Historia National Geographic, nº 55, pp. 26 – 30.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2001): Santander. Una ciudad medieval. Santander.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2006a): “El paisaje urbano de las cuatro villas al final de la época medieval.” En ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (eds.) (2006): El espacio urbano en la Europa medieval: Nájera. Encuentros Internacionales del Medievo, Nájera, 26 – 29 de julio de 2005. Logroño, pp. 297 – 338.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2006b): “La vida en las ruas medievales de las Cuatro Villas de la Costa”. En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 135 – 159.
GARCÍA DE GUINEA, Elena (1991): “Un día cualquiera, hace diez siglos.” En Muy especial. La Edad Media, nº 5, pp. 4 – 19.
GARCÍA GUINEA, M. A. (dir.) (1985): Historia de Cantabria. Prehistoria, Edades Antigua y Media. Santander.
IZQUIERDO BENITO, Ricardo (2007): “Arqueología de la ciudad medieval: principios metodológicos.” En MOLINA MOLINA, Ángel Luis y EIROA RODRÍGUEZ, Jorge A. (2007): Tendencias actuales en Arqueología Medieval. Murcia, pp. 91 – 108.
MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Sergio (2006): “La imagen de Laredo en la Edad Media.” En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 107 – 133.
RUIZ, Ana (1991): “El auge de las ciudades. ¡Qué viva la libertad!” En Muy especial. La Edad Media, nº 5, pp. 28 – 33.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 292.
VALDALISO, Covadonga (2009): “La Europa del Gótico: La era de las catedrales.” En Historia National Geographic, pp. 60 – 73.

15 nov. 2013

Las defensas medievales de las "Cuatro Villas de la Costa"

La presencia de la muralla era un elemento indispensable del urbanismo medieval imprimiéndole forma a la ciudad, remarcando los límites del caserío y agrupando los elementos de su interior,  y el estado arquitectónico de ésta solía ser en general bastante deficiente, sobre todo, en aquellos tramos de peor calidad constructiva o de menor necesidad defensiva, por eso fueron necesarias frecuentes obras de reparación y mantenimiento (Fernández González, 2001: 227; Fernández González, 2006: 301; Izquierdo Benito, 2007: 98; Martínez Martínez, 2006: 118).
En la Edad Media la muralla poseía diversas funciones como la claramente defensiva; la de ser un elemento diferenciador entre el mundo urbano y el mundo rural; otra, económica; a finales de este período histórico ésta ayudaba a frenar la expansión de determinadas enfermedades, por lo que la muralla a partir del siglo XV adquiere una función claramente sanitaria. (Fernández González, 2001: 201 – 203). Sus puertas habían de situarse en aquella zona que estuviese más próxima a aquellas vías de comunicación que desembocaban en las distintas poblaciones, también deberían contar con facilidad de defensa (Fernández González, 2001: 231) y, además deberían permitir la entrada y salida de personas, animales y mercancías (Martínez Martínez, 2005: 128). Éstas se deberían abrir por la mañana y cerrarse al ponerse el sol (Fernández González, 2001: 234).
Las villas de la Cordillera Cantábrica se caracterizan, aparte de por su sencillez, por incluir edificios religiosos en la muralla (Fernández González, 2001: 219).
Castro Urdiales, Santander y San Vicente de la Barquera contaban con un castillo que constituía un elemento principal del sistema defensivo de la villa, sin embargo, Laredo sólo contaba con la Torre de la Taleta, que se situaba fuera del recinto amurallado en el extremo suroeste de la villa, al borde del mar y que protegía el puerto, ya de por sí bien defendido por unas murallas almenadas (Arízaga, 1996: 76; Fernández González, 2006: 304 – 314; Martínez Martínez, 2006: 118 – 119; Solórzano Telechea, 2002: 272). El castillo de Castro Urdiales de forma trapezoidal se asentaba sobre la peña más abrupta que poseía la villa, que, además, se adentraba en el mar, protegiendo así la puebla y el puerto, y se componía de cinco torreones circulares (Arízaga, 1996: 76; Pérez Bustamante, 1980: 107; Solórzano Telechea, 2002: 274).
La Puebla Vieja de Santander estaba conformada por un cerro que alcanzaba una altura máxima de unos quince metros en aquel lugar donde se encontraba la Iglesia Colegial y se localizaba en el norte de la bahía. Su recinto amurallado aprovechó las condiciones naturales del entorno y éste estaba delimitado al sur por la existencia de acantilados sobre la bahía (Fernández González, 2005: 293).
La muralla medieval de Santander constaba de nueve puertas: al suroeste, la de San Pedro o San Nicolás, a partir de ella surgió un importante arrabal documentado a principios del siglo XIV, y la de las Atarazanas que debió abrirse en el siglo XIV; al sureste, la de Somorrostro o del Muelle de las Naos; al norte, la de Santa Clara; al noroeste, la de la Sierra; al noreste, la de Arcillero y la de la Mar o del Peso de la Harina; al este, la de la Ribera; y al oeste, la de San Francisco (Fernández González, 2005: 283; Solórzano Telechea, 2002: 269). A lo largo del año 2007 un equipo de arqueólogos de la Universidad de Cantabria excavó dicha muralla en el yacimiento de la Plaza Porticada o de Velarde y desde agosto de 2008 existe un proyecto para poner en valor dichos restos arqueológicos con la creación de un Centro de Interpretación. La datación por carbono 14 ha corroborado que la muralla de la Puebla Nueva de Santander se construyó a finales del siglo XIII, mientras se piensa que la construcción del foso se acometió en el primer tercio del siglo XIV (Fernández González, 2006: 303), y se derribó en el año 1765 para ampliar la ciudad hacia el este. Entre otras cosas, se encontró la Puerta del Mar, la más importante de la muralla y cuya finalidad era el acceso a los muelles (Fernández González, 2005: 283), que separaba a la ciudad del mar Cantábrico y por la que entraban los viajeros y las mercancías. El lienzo del muro es el más importante del norte de España, su trazado es recto y tiene veintiún metros de recorrido. Por último, la muralla tiene un anchura de dos como tres metros en la base y se estrechaba a dos metros en la parte superior, y su estructura, a unos cuatro metros de altura, era de mampostería con sillares irregulares.
El promontorio elegido  para el emplazamiento de la villa de San Vicente de la Barquera delimitaba su perímetro amurallado, del que aún se conservan numerosos restos en los alrededores de la iglesia, y estaba defendido en la parte oriental por el castillo y en la occidental por la torre militar, que perdió su primitiva función al ser reutilizada como torre de la iglesia parroquial (Arízaga, 1996: 74; Solórzano Telechea, 2002: 267).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
ARÍZAGA, Beatriz (1996): “Villas: permanencias urbanas.” En GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. (ed.) (1996): La memoria histórica de Cantabria. Santander, pp. 71 – 82.
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FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2006): “El paisaje urbano de las cuatro villas al final de la época medieval.” En ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (eds.) (2006): El espacio urbano en la Europa medieval: Nájera. Encuentros Internacionales del Medievo, Nájera, 26 – 29 de julio de 2005. Logroño, pp. 297 – 338.
IZQUIERDO BENITO, Ricardo (2007): “Arqueología de la ciudad medieval: principios metodológicos.” En MOLINA MOLINA, Ángel Luis y EIROA RODRÍGUEZ, Jorge A. (2007): Tendencias actuales en Arqueología Medieval. Murcia, pp. 91 – 108.
MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Sergio (2006): “La imagen de Laredo en la Edad Media.” En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 107 – 133.
PÉREZ BUSTAMANTE, Rogelio (1980): Historia de la Villa de Castro Urdiales. Santander.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 29.

13 nov. 2013

Los orígenes de las "Cuatro Villas de la Costa"

La misma motivación económica que presidió la creación de ciudades a lo largo del Camino de Santiago durante los siglos XI y XII orientó la repoblación del litoral cantábrico entre mediados del siglo XII y comienzos del XIII (García de Cortázar, 1988: 166). El objetivo era repoblar y defender una zona marítima del norte peninsular, incluidas las costas gallegas que pertenecían, al igual que las asturianas, al reino de León mientras que la línea de costa que va desde San Vicente de la Barquera hasta Fuenterrabía era de Castilla.
Alfonso VIII de Castilla creó nuevas villas marineras a lo largo del litoral cantábrico que hasta la segunda mitad del siglo XII había constituido un espacio marginal dentro de los reinos de León, Castilla y Navarra (Arízaga, 1996: 71; Martínez Martínez, 2006: 112), y de la que aquí sólo hablaremos de las que conocemos como Cuatro Villas de la Costa: Castro Urdiales, Santander, Laredo y San Vicente de la Barquera, surgiendo éstas sobre pequeñas aldeas ya existentes y dotadas de puertos naturales. A esta decisión regia contribuyó la creciente importancia del litoral de la zona debido a la desaparición del peligro normando, el aprendizaje de las técnicas de navegación, los recursos que se obtenían gracias a la pesca marítima, el desarrollo de la marina de guerra como elemento determinante en la empresa de reconquista de Andalucía (aquí nos estamos refiriendo a la presencia de navíos cántabros en el asedio fluvial que Sevilla sufrió antes de su rendición en el año 1248 y a lo largo de la costa de Huelva y Cádiz destacando en esta última la toma de Tarifa en 1292 y la de Algeciras en el año 1344), la actividad mercantil de Castilla con el Atlántico Norte y las relaciones personales del monarca, al estar casado con Leonor, hija de Enrique II de Inglaterra y titular del ducado de Aquitania (García Guinea, 1985: 482; García de Cortázar, 1988: 166; Solórzano Telechea, 2002: 247 - 248).
Estas Cuatro Villas de la Costa, que abarcaban todo el litoral de la actual provincia de Santander y que en el párrafo anterior hemos citado cuáles son, surgieron como tales después de que Alfonso VIII le otorgase un fuero o carta de poblamiento. El fuero recogía normas de derecho político, administrativo, civil, penal y claúsulas que hacían referencia a la vida económica y mercantil de dichas villas (Suárez Fernández et al., 1973: 133).
La franja costera de Cantabria tiene una longitud de ciento quince kilómetros cuadrados y se extiende desde las rías de Tina Menor y Tina Mayor, que en la actualidad se encuentran dentro de la jurisdicción del Ayuntamiento de Val de San Vicente, en la parte más occidental y siendo la segunda de ellas la desembocadura del río Deva, hasta Ontón en la más oriental. Nos encontramos ante una costa que es particularmente accidentada al ofrecernos una alternancia de acantilados, estuarios, bahías como las de Santander y San Vicente de la Barquera, y playas (Solórzano Telechea, 2002: 242) que la hacen especialmente atractiva. Toda esta costa aquí descrita fue repartida entre las cuatro villas marineras, es decir, Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera, que se fundaron entre la segunda mitad del siglo XII y principios del XIII reafirmando así el objetivo de sus fundaciones (Fernández González, 2001: 156; Fernández González, 2005: 287).
El 10 de marzo de 1163 se le concedió a la villa de Castro Urdiales (antigua colonia romana de Flaviobriga) un fuero que se basaba en el que en el año 1095 el rey Alfonso VI le había otorgado a los pobladores de Logroño (García Guinea, 1985: 482 – 483; Solórzano Telechea, 2002: 254; Suárez Fernández et al., 1973: 133).
El 11 de julio de 1187 el Concejo de Santander recibió el fuero de Sahagún, al que copió en su totalidad, añadiendo algunas claúsulas específicas, como el amparo de la navegación, por ser Santander puerto marítimo (conocido como Portus Victoriae Iuliobrigensum en época romana) y, además, sus habitantes poseían una arraigada vocación pesquera (Arízagam 1996: 72; Fernández González, 2001: 19 – 50; García Guinea, 1985: 482 – 484). Éstos se habían asentado en torno a la abadía de San Emeterio y Celedonio y el castillo de San Felipe que servía tanto de defensa como de atalaya al dominar la bahía de Santander (Suárez Fernández et al., 1973: 133). Además la carta foral le reconocía una jurisdicción de tres leguas, es decir, quince kilómetros, pudiendo ser su tierra roturada para el cultivo de viñas, huertos, prados y la construcción de molinos y palomares (Solórzano Telechea, 2002: 253 – 257). Su jurisdicción marítima se extendía desde el cabo de Punta Ballota hasta la ría de Galizano y alcanzaba las diez leguas mar adentro (Fernández González, 2005: 287).
El 25 de enero de 1200 Alfonso VIII le otorgó el fuero de Castro Urdiales, inspirado en el de Logroño, a los pobladores de Laredo y éste fue el punto de arranque para el esplendor del que gozaría dicha villa marinera que surgió de un asentamiento que había surgido con anterioridad en torno al monasterio de Santa María del Puerto, su cementerio y sus manzanales que contó con una jurisdicción de unos cien kilómetros cuadrados (Arízaga Bolumburu, 1998: 19; Fernández González, 2001: 169; García Guinea, 1985: 482 – 483; Martínez Martínez, 2006: 111; Solórzano Telechea, 2002: 253 – 255; Suárez Fernández et al., 1973: 134). Laredo se encuentra en el extremo oriental de la bahía de Santoña y en la actualidad es una bella población de ambiente marinero y raíces medievales y que está ligada al mar y la pesca por tradición desde sus orígenes.
El 3 de abril de 1210 Alfonso VIII le concedió a los pobladores de la villa de San Vicente de la Barquera el fuero de San Sebastián con los privilegios que le había otorgado a Santander para aquellas naves que arribasen a su puerto y para aquellas mercancías que en ellas se transportasen (García Guinea, 1985: 482 – 483; Suárez Fernández et al., 1973: 134). Esta villa, que en la actualidad es una bella localidad pesquera se fundó sobre un promontorio aislado por el mar y dos rías, y a finales del siglo XV, su término poseía una extensión de dos leguas, lo que equivaldría a unos diez kilómetros (Solórzano Telechea, 2002: 259).

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
ARÍZAGA, Beatriz (1996): “Villas: permanencias urbanas.” En GARCÍA DE CORTÁZAR, J. Á. (ed.) (1996): La memoria histórica de Cantabria. Santander, pp. 71 – 82.
ARÍZAGA BOLUMBUR, Beatriz (1998): “Prólogo. El origen de la villa de Laredo.” En CUÑAT CÍSCAR, Virginia M. (1998): Documentación Medieval de la Villa de Laredo 1200 – 1500. Santander, pp. 17 – 20.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2001): Santander. Una ciudad medieval. Santander.
FERNÁNDEZ GONZÁLEZ, Lorena (2005): “El desarrollo urbano de Santander desde su fundación hasta el siglo XVI.” En GONZÁLEZ MORALES, Manuel R. y SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Á. (2005): II Encuentro de Historia de Cantabria. Actas del II Encuentro celebrado en Santander los días 25 a 29 de Noviembre del año 2002. Santander, pp. 277 – 338.
GARCÍA DE CORTÁZAR, José Ángel (1988): La época medieval. En ARTOLA, Miguel (1988): Historia de España. Madrid, Volumen 2.
GARCÍA GUINEA, M. A. (dir.) (1985): Historia de Cantabria. Prehistoria, Edades Antigua y Media. Santander.
MARTÍNEZ MARTÍNEZ, Sergio (2006): “La imagen de Laredo en la Edad Media.” En AMEA. Anales de Historia Medieval de la Europa Atlántica. Santander, nº 1, pp. 107 – 133.
SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel (2002): “El fenómeno urbano medieval en Cantabria.” En SOLÓRZANO TELECHEA, Jesús Ángel y ARÍZAGA BOLUMBURU, Beatriz (eds.) (2002): El fenómeno urbano entre el Cantábrico y el Duero. Revisión historiográfica y propuestas de estudio. Santander, pp. 241 – 292.
SUÁREZ FERNÁNDEZ, Luis; MARTÍN GONZÁLEZ, Juan José; GARCÍA GUINEA, M. A.; GONZÁLEZ ECHEGARAY, Joaquín; ÁLAVA AGUIRRE, José Miguel de; CARRIÓN IRÁN, Manuel; SOLANA SAINZ, José María; MOURE ROMANILLO, Alfonso y PÉREZ – BUSTAMANTE GONZÁLEZ, R. (1973): La Edad Media en Cantabria. Santander.